Hace varios años se estrenó una deliciosa película protagonizada por Mandy Moore titulada Un paseo para recordar. La historia real de una chica americana, hija de un pastor evangélico, su integridad, su manera diferente de vivir, incluso su reacción cuando le pronostican un cáncer irreversible y tiene que dejar esta vida, han conmovido a muchísimos jóvenes de todo el mundo.

Profundamente creyente, y a pesar de las burlas de algunos compañeros, la adolescente demuestra a todos que creer en Dios es lo más importante en la vida. Estamos hechos en nuestro interior para creer: Nacemos creyendo en nuestros padres, en su confianza, su amor, su cariño, su cuidado. Creemos en nuestros amigos. Creemos en nuestros sueños. Creemos en muchas cosas que no podemos demostrar: Creemos que vamos a despertar a la mañana siguiente cuando nos acostamos. Creemos que nuestro cuerpo sabrá respirar por sí mismo. Creemos que todo nuestro interior funcionará. Creemos que lo que comemos nos va a sentar bien, y que otras personas están haciendo bien su trabajo. Lo creemos así, casi sin planteárnoslo cada día, porque lo damos por supuesto. Vivimos creyendo en miles de cosas, porque de otra manera sería imposible la vida.

Aunque no lo creas no es difícil tener fe, lo realmente difícil es no creer. Tú confías en muchísimas cosas cada día: cuando tomas un tren o un avión lo haces sin pensar si todas las revisiones han sido correctas y va a funcionar bien, cuando subes a un ascensor, cuando tienes que tomar una medicina, o simplemente cuando descansas en tu casa estás ejerciendo y alimentando tu fe: no sabes nada de la vida de los conductores, de la fiabilidad de las máquinas o de la destreza de los laboratorios, y sin embargo confías. Lo difícil es no creer. Lo irracional es pensar que no existe causa alguna por la que estamos hechos o por la que las cosas suceden. Lo más anticientífico que existe es defender que todo existe porque sí, o porque somos producto de diferentes ciclos de historia, o porque la naturaleza misma puede “rehacerse” a sí misma. Nada de lo que funciona en este mundo está hecho de esa manera. Absolutamente todo lo que se estudia en cualquier disciplina científica obedece a la ley “causa/efecto”; de otra manera no podríamos vivir, todo sería un caos imposible de soportar. Es más, ni siquiera podríamos tener conciencia de lo que estamos diciendo o sintiendo.

Vivir confiando en Dios es más seguro que todas las cosas, porque Él no nos abandona nunca. Su fidelidad es eterna. Su fiabilidad es absoluta; jamás comete una falta. Su amor es supremo; nunca ha hecho ni hará nada malo. Su Sabiduría no tiene igual; Él mismo creó el Universo, y Él mismo nos creó a nosotros. Hizo nuestro corazón, nuestras manos, nuestros ojos, todo lo que somos y tenemos. Hizo el aire que respiramos y enseñó a vivir a nuestra alma. Descansar en un amor así no es lanzarse al vacío, es confiar. Es creer en quien más se preocupa por nosotros. Tener confianza en Dios es Vivir.

Jaime Fernández

Jaime Fernández

Autor de varios libros y Doctor en Pedagogía por al Universidad Complutense de Madrid. Director del programa evangélico de radio y TV de Galicia "Nacer de novo".