“Don’t you ever leave, don’t you ever go…”
Cuando escuché esa canción no me imaginaba que sería de David Guetta y Anne-Marie. Repite varias veces esa frase, “no me dejes nunca, no te vayas, no me dejes solo”. Suena muy bonito y es una canción pegadiza, pero, ¿realmente alguien puede cumplir tal exigencia? Pedimos eternidad a simples mortales y nos decepcionamos enseguida porque ningún ser humano puede dar la talla.

Estamos a principios de año y puede que además de haber hecho una lista de propósitos, también hayas decidido a quien quieres tener a tu alrededor, y a quien prefieres dejar atrás. A lo mejor eres de aquellas personas que decide escribir una lista de cosas nuevas que quiere hacer. Sea lo que sea, a la hora de planificar tu rumbo o destino es clave tener clara la meta o el objetivo. En esta entrada, quiero retarte a no creer en los fantasmas; déjame que te explique esto con una historia de un grupo de amigos:

Estaban en un lugar que conocían bien, y a pesar de que algunos del grupo dominasen el arte de navegar, al intentar cruzar un gran lago, el viento y las olas eran tan fuertes que no conseguían controlar la barca. En medio de esa situación, les pareció ver un fantasma caminando sobre el agua y tuvieron miedo. Enseguida, el “fantasma” habló y les dijo: “No tengáis miedo… ¡Tened ánimo! ¡Yo estoy aquí!”.

¿Sabes? no era un fantasma, sino Jesús, alguien que ese grupo de amigos –sus discípulos– creían conocer, pues llevaban ya un tiempo viajando con él por varios lugares de la región.

La historia no termina ahí, sino que uno de sus discípulos, Pedro, fue atrevido y le dijo que si realmente era quien decía ser, que le invitara a unirse a él caminando sobre el agua. Jesús hizo la invitación, y Pedro caminó sobre el agua en medio de la tormenta mientras trataba de llegar hasta él. Como cualquier ser humano, volvió a ver las grandes olas, tuvo miedo, y empezó a ahogarse.

En ocasiones, no vemos bien lo que tenemos delante. ¿En qué o quién te estás enfocando para avanzar?

Pedro pidió socorro mientras se ahogaba y Jesús “extendió su mano y lo agarró”. Conocer a Jesús es imposible dentro de una religión, porque se le conoce de manera personal respondiendo a su invitación. Él llega a cada persona en medio de su caos, no importa cuán fuertes sean los vientos que estén en contra. La invitación de Jesús está abierta para que puedas encontrarte con el único que puede prometer y cumplir: “nunca te dejaré, no me iré de tu lado, no te dejaré solo”.

El grupo de amigos, después de presenciar a Jesús y a Pedro caminando sobre el agua, le dijeron a Jesús: ¡De verdad eres el Hijo de Dios!
Estas personas esperaban un salvador de un imperio romano opresor, y a veces no se daban cuenta de esta verdad: tenían delante al mismo Dios, quien escogió ser oprimido para salvarnos de nosotros mismos. Nuestro peor enemigo es la separación de Dios y la culpa no la tiene esta sociedad, sino nosotros, cuando queremos ser nuestros propios salvadores, cuando vemos fantasmas donde no los hay, y cuando queremos avanzar sin fijar nuestra mirada en Jesús.

¿Por qué en Jesús y no en cualquier otro?

Él te da fe para confiar. Confiar en que es totalmente bueno y justo, pues no hizo la vista gorda con toda la maldad, indiferencia y sufrimiento provocados por las personas, sino que él mismo murió en nuestro lugar. Confiar en que es quien decía ser y que lo demostró resucitando de entre los muertos. Confiar en que acercándote a él puedes vivir una vida completa y libre. Te está invitando a una aventura apasionante que no terminará aquí, estaréis juntos para siempre.

Rebeca Ros

Rebeca Ros

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