“Lo más importante en unos Juegos Olímpicos no es ganar, sino participar; lo esencial en la vida no es conquistar, sino pelear bien”. – Pierre de Coubertin

Cada vez que se celebran los Juegos Olímpicos recuerdo esta cita del Barón de Coubertin, padre de las olimpiadas modernas. Y cada vez que finalizan, termino llena de lo que llaman “espíritu olímpico”, deportividad, esfuerzo, buen rollo colectivo, paz mundial y todo eso que se va diluyendo a medida que pasa el calendario hasta cuatro años más tarde.

Este año he cumplido 40. Todavía suelto un suspiro al escribir el número. Ya llevo unos cuantos Juegos Olímpicos a mis espaldas. Y, más aun, unos cuantos años de vida en Cristo. Y algo que he aprendido a base de golpes generalmente, porque esa es la manera en la que la mayoría de humanos aprendemos, es la importancia de pelear bien.

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. (2 Timoteo 4:7)

Pablo usó varias veces la imagen de la carrera y del cristiano corriendo esa carrera como un atleta. Y, al final de su vida, él pudo decir que había peleado bien, que había corrido bien, que había terminado vencedor. Yo ya he llegado a ese momento a mi vida en el que más de una vez me he preguntado si realmente estoy peleando bien… y la respuesta no siempre ha sido positiva.

Comenzar bien es fácil. Uno empieza siempre las cosas con ilusión, con ánimo, con disposición. Pero terminar… terminar es otra cuestión. Cuando uno vive, como nosotros, en un mundo hostil hacia Dios y hacia Su pueblo, es fácil desanimarse y bajar los brazos. El mundo siempre va a intentar sacarnos de curso, la carne siempre va buscar gratificación instantánea y el enemigo siempre va a ponernos una tentación tras otra hasta vernos caer. Sin embargo, la pregunta siempre es la misma: ¿Vas a resistir?

La palabra griega para “pelear” aquí es “agonízomai”, de donde viene nuestra palabra “agonía” en español. ¿Te das cuenta de lo que implica pelear bien? Agonía. Sufrimiento. Esfuerzo. Nada que ver con lo que erróneamente pensamos que debe ser nuestra vida en Cristo. No sé en qué momento los cristianos comenzamos a pensar que la vida en el Señor era algo fácil y sencillo, un camino de rosas en el que “nos merecemos” ser felices, vivir tranquilos y tener abundancia y comodidad. ¡Qué manera de engañarnos! La vida del creyente es una pelea de principio fin, una batalla constante contra los elementos, contra el enemigo, contra nosotros mismos.

¿Te das cuenta de para qué estás aquí en la tierra? Tienes el privilegio de servir de testimonio vivo de la gracia de Dios a otros, de que otros puedan llegar a conocer al Señor a través de ti. Y, para eso, hay que pelear. Hay que pelear mucho. Hay que pelear bien. Hay que dejarse la piel para que otros puedan ver a Cristo reflejado en ti; hay que luchar contra las trampas, las mentiras y el engaño de un enemigo que no da tregua; hay que mantener nuestros deseos a raya, vencer la tentación y permanecer tan, pero tan cerca de Dios que no demos lugar a que nada nos haga tambalear. Pelear bien supone renunciar a muchas cosas, supone nadar contra corriente, supone tomar la cruz y morir cada día un poquito más a nosotros mismos (Mateo 16:24).

“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.” . (Hechos 20:24).

Mi pregunta para ti hoy es… ¿Estás dispuesto? ¿Estás dispuesto a pelear la buena batalla? Ojalá tu respuesta sea que sí.

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