“... Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”. (1 Samuel 15:22).

Los amalecitas fueron condenados por Dios al exterminio desde que atacaron a Israel en el desierto, al salir de Egipto (Éxodo 17:8). Pero esto no iba a ser de inmediato. En 1 Samuel 15, Dios manda a Saúl que destruya por completo a los amalecitas. No debía quedar nada con vida. Esto puede parecer cruel, pero no olvidemos que los amalecitas eran enemigos del pueblo de Dios. Y Dios es severo con aquellos que atentan contra Él. (1 Samuel 2:10).

¿Y que hace Saúl? Desobedece el mandato de Dios y no solo perdona la vida al rey Agag sino que también se queda con lo mejor de las ovejas y del ganado mayor (1 Samuel 15:9). Quizás fue por codicia, egocentrismo, orgullo o vanagloria (v. 12), la cuestión es que desobedeció. Samuel lo reprende por su desobediencia a Dios y Saúl, en vez de mostrar arrepentimiento, pone excusas engañándose a sí mismo y al profeta. La situación va de mal en peor cuando recibe la Palabra directa de Dios y en vez de reconocer su pecado, Saúl piensa y cree que lo que él ha preparado es mejor que lo que Dios le había mandado hacer. Las consecuencias de su desobediencia son inmediatas y Saúl queda desechado para que no sea rey sobre Israel.

Cuantas veces ocurre lo mismo en la vida del creyente. Dios nos demanda obediencia. Pero nosotros podemos pensar y creer que nuestro plan es mejor que el suyo. Él no quiere que apliquemos nuestras propias formas de hacer por muy buenas o cristianas que nos parezcan.

Cuando esto pasa en nuestras vidas, a menudo nuestra conciencia es atacada, pero podemos seguir sin rectificar, queriendo hacer nuestra voluntad y persistiendo en nuestro orgullo. Es curioso ver como en el v. 15 y v. 21 a Saúl le duele en su conciencia lo que ha hecho, hasta el punto de no atreverse a llamar a Dios “su Dios”.

Nadie dijo que seguir a Dios es fácil, nuestra obediencia a Dios nos puede causar angustia, sufrimiento, y tribulación pero siempre vamos a salir victoriosos y bendecidos. Hemos de aprender a confiar y descansar en Él, sabiendo que a su tiempo va a hacer lo mejor, pues su poder es ilimitado, su bondad infinita y su omnipotencia reina. Por otro lado, es fácil alardear de religiosidad y de orgullo espiritual sin reflejar en nosotros completa dependencia de Él.

Ante esto solo hay dos actitudes. Reconocer nuestro pecado y pedir a Dios que nos enseñe a discernir cuándo algo es malo y, sin embargo, lo consideramos correcto y bueno, pidiendo perdón por buscar nuestros propios fines. O bien, podemos seguir en desobediencia alejados de Dios.

No nos engañemos a nosotros mismos, sin obediencia a Dios no puede haber una verdadera adoración ¿Qué actitud vas a tomar tú?

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