- ¿Qué tal?
- Bien, ¿tú?
- Bien.
- ¡Qué bien!

Esta conversación, ya sea en persona o a través de algún chat, se repite muchas veces a lo largo de la semana. No creo que estemos mintiendo cada vez que contestamos que estamos bien aunque no nos encontremos realmente bien. Pero evitamos dar detalles que pensamos son innecesarios en ese momento en concreto. He reflexionado sobre esto después de las fiestas y con el comienzo del año nuevo. Porque por muchas cosas ricas que hayas comido o por muchos regalos que te hayan dado, en realidad nada ha cambiado dentro de ti.

Si eres de esas personas que comienzan un año fijándose propósitos, has dado un pequeño paso para ver cambios. Decidir. Me encanta ponerme metas y propósitos para el año nuevo, pero soy realista y sé que tendré que tomar decisiones cada día. ¿Qué me asegura que van a ser decisiones sabias? ¿Qué me asegura qué estaré bien? Porque en el fondo es lo que deseamos con todas nuestras fuerzas…

La mentira de que estamos bien es más fácil de llevar en nuestro contexto del estado del bienestar. También es más fácil de llevar cuando no hay problemas que nos afectan directamente. Vamos a fijarnos en la vida de Job, un personaje de la Biblia cuya historia se narra en el libro titulado con su mismo nombre. Job supuestamente tenía todo y estaba bien, digamos que muy bien. Pero cuando pierde todo y queda enfermo, uno de sus amigos le dice que su pecado es la arrogancia que tiene al decir “yo no he pecado”. Es decir, Job cree que Dios no es justo porque él está sufriendo y Dios no está haciendo aparentemente nada para resolverlo.

No quiero hacer spoilers, os recomiendo en cambio leer con detenimiento este libro hasta llegar al final. Mientras leía las palabras del amigo de Job, escuchaba la voz de Dios hablando conmigo: “tú no eres Dios y no entiendes lo que Yo hago. Tu error es ponerte en mi lugar y creer que tu justicia es mejor que la mía”. Son palabras duras, son palabras que hunden el orgullo del ser humano. Aún así, el propósito de Dios no era hundir a Job ni hundirnos a nosotros hoy. Solo está usando un altavoz en nuestro sufrimiento para ver si así le escuchamos. Si no estás sufriendo, a lo mejor deseas estár mejor de lo que estás.

Si abandonamos la mentira de que estamos bien, puede que entonces decidamos lanzarnos a Sus brazos de amor y confiar que Él es Dios. Confiar que es un Dios que no está ajeno a las injusticias y al sufrimiento del ser humano. Confiar en que irrumpió en la historia haciéndose hombre y cargando con el castigo de nuestra rebeldía contra Él. Confiar en que resucitó de entre los muertos demostrando que era más poderoso que la misma muerte y apuntando hacia lo que va a ocurrir al final: “no habrá más llanto ni dolor” (Apocalipsis 21:4).

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