Viajo en un vuelo dirección Barcelona. Al despertarme con los créditos de la película “Interestelar” me dirijo a la parte de atrás para tomar agua. Observo a todo el mundo durmiendo desde esta nueva posición privilegiada. Un hombre mayor sale trabajosamente del pequeño baño y se dirige a su lugar apoyándose en los respaldos fila tras fila hasta que llega a su propio lugar asignado. Prácticamente, todo el avión duerme.

Y mientras tanto yo, de pie, en este bicho de más de doscientas toneladas, volando a treinta mil pies de altura sobre el mar Atlántico, hipotéticamente y con sumo respeto, me pongo en la piel de los pasajeros del vuelo que, hace un tiempo, se estrelló en los Alpes franceses. Me resulta aterrador pensar que todos aquellos pasajeros del vuelo de Germanwings iban tan tranquilos como quienes vamos aquí. Según el informe oficial de la fiscalía de Marsella el copiloto se encerró en la cabina aprovechando la salida momentánea del piloto y, al verse solo, presionó voluntaria y conscientemente el botón de descenso hasta que el avión sufrió el mortal impacto. Nadie en ese avión se imaginaba la catástrofe que estaba a punto de acontecer.

Recuerdo la recreación de los hechos que los medios de comunicación han estado difundiendo. Una de las escenas que no puedo borrar de mi mente es la del piloto golpeando fuertemente la puerta de la cabina para poder entrar. La tripulación quiso ayudar desconcertada. Los pasajeros no notaron la gravedad del asunto hasta que estaban a unos cuantos metros de la colisión; así que, en medio del descontrol de la situación, toda aquella gente padeció la muerte dejando una innumerable cantidad de familiares desconsolados y a un mundo pasmado que se lamentaba ante lo ocurrido. Pero, ¿no está la humanidad entera viviendo una situación similar? Este fatal hecho nos debe llevar a la reflexión profunda de lo que está pasando con este mundo en el que somos pasajeros. Si nos detenemos un momento y reflexionamos sobre ello, notaremos que en la desgracia ocurrida se encuentran todos los elementos que nos enseñan la realidad que vivimos día tras día… y que quizás la mayoría de nosotros vamos dormitando en el desconocimiento o en la inercia de la cotidianidad.

Me parece que el copiloto de esta historia es una muestra perfecta de lo que es el mismo hombre, el ser humano como individuo: encerrado en sí mismo, presionando consciente y voluntariamente el botón de descenso. El nombre de este joven de 27 años era Andreas Lubitz. Es interesante que su nombre, justamente, signifique “El hombre”. ¿Qué fue lo que impulsó a Andreas a aislarse en la cabina? Y con la misma intensidad me pregunto: ¿qué ha llevado al hombre a vivir aislado de la comunión con Dios, de la compasión por los demás y del respeto por sí mismo y su propia vida? ¿Qué ha impulsado al individuo a mantener pulsado el botón de descenso sin detenerse a reparar en las consecuencias de ello? ¿Cuándo se nos fue la cabeza por completo? La verdad es que no sé si esta historia oficial resultará del todo certera, pero por lo pronto, lo que se cuenta me da mucho respeto. El hombre ha sacado al piloto de su historia. El piloto representa a Dios. Frente a nuestro encierro suicida, Dios está llamado a la puerta para salvar a la humanidad dormida. ¡Si alguno oye su voz, por favor, que abra la puerta; él quiere entrar y pilotar la aeronave hasta un destino seguro! Hemos echado a Dios de nuestros hogares, de nuestras prioridades, de nuestras conversaciones y de nuestro corazón. La humanidad va cómoda, va sufriendo una guerra por aquí y otra por allá, pero cambia de cadena televisiva y mitiga su dolor con programas y concursos. El mundo se sigue yendo a pique y todo tranquilo. Pero Dios sigue llamando a la puerta: -¡Abrid! ¡Abrid! Estoy aquí, quiero salvaros. ¡Os amo! - El hombre no abre, no quiere abrir. Arrasará, en su desgracia individual, a la humanidad entera. Mientras tanto, deben levantarse las voces de la gente de la tripulación a través de los cuales Dios pueda hacer llegar su más urgente mensaje: ¡Reconciliaos conmigo!

Soltemos el botón de descenso, abramos la puerta, dejemos entrar a Dios, permitámosle que tome los mandos de nuestra nave y convirtámonos en sus colaboradores, en agentes de reconciliación en medio de este mundo que está al borde de la catástrofe.