Me gustaría contarte una historia, mi pequeña historia. La historia de un hombre simple que descubrió el sentido de su vida; algo que cambió mi vida por completo.

Hace algún tiempo, unos cuantos años atrás, me di cuenta de que el mundo era una porquería que sólo permite a los hombres sentirse como en una cárcel. Así que, había que derribar como fuera esos muros y sólo podía empezar por derribar los muros de mi propia mente, de mi propia vida. Me sentía vacío y mi vida no tenía sentido. Me revelé, quise protestar y gritar a los cuatro vientos toda mi frustración y la mejor manera de hacerlo era protestar descaradamente y destruir mi mente para no sufrir de esa ansiedad depresiva que el mundo, la sociedad que nos rodea, ofrecía. Temores, ansiedad, vacío… Una vida sin sentido que nada ni nadie podía llenar. Con esto en mente y carente de sentido hacia el futuro mi lema era “destruye” ¿La manera de escapar y derribar los muros de mi propia mente? Alcohol, droga, música…

Pero lo cierto era que nada de lo que hacía conseguía llenar el vacío que había en mi vida. Nada de lo que hacía conseguía darle sentido. Cada mañana, después de haber intentado ahogar mi frustración en el alcohol o evadirme de mi realidad con las drogas, me sentía igual de vacío y miserable que el día anterior e igual de frustrado. Odiaba aquello. Odiaba a la sociedad que me rodeaba. Odiaba mi sinsentido.

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Un día mí vida cambió. ¡Una experiencia con Dios revolucionó mi vida! Uno de mis hermanos, mayor que yo, me habló de alguien que podría cambiar mi vida por completo. Me habló de Dios; de un Dios completamente diferente del que me habían hablado o sobre el que me habían enseñado hasta entonces. Dios me amaba y, no sólo eso, me entendía. Y es que Jesús fue tan humano como yo y, si me permites, te diré que tan humano como tú. Soportó el cansancio físico, espiritual y emocional como cualquiera de nosotros, experimentó lo bueno y lo malo de la vida. De hecho, experimentó la más humana de todas las experiencias: el dolor de la muerte. Jesús fue un incomprendido, tal y como yo me sentía, en la sociedad en la que vivió. No sólo por los religiosos de su época; también por sus propios amigos y familiares. Experimentó la traición de sus amigos, de aquellos a los que más quería. Lo abandonaron en el momento de más necesidad y angustia. Incluso Pedro, aquel que había prometido morir con él si llegaba la ocasión, lo dejó tirado a las primeras de cambio. Sentirse solo y abandonado fue algo con lo que Jesús tuvo que convivir. ¿Me entendía? ¿A mí? Sí. Me entendía y me entiende. Y no existe nada en este mundo, ninguna dimensión de nuestra experiencia humana, que él no pueda entender y a la vez sentirse identificado con nosotros. Da igual lo que yo pueda sentir, pensar o vivir. Jesús me entiende.

Así que comprendí que yo estaba en lo cierto, que las cosas que el mundo ofrece son una porquería, y Jesús me ofrecía una solución, una salida, una alternativa, la alternativa, sólo una. Y la acepté. Aquello cambió mi vida, el día que rendí mi vida a Jesús todo cambió. La paz que experimenté, el peso que me quitó de encima… ¡Era libre! ¡Verdaderamente libre! Jesús le dio un verdadero sentido a mi vida y el vacío que sentía en mi ser desapareció. Ya no tenía que seguir derribando los muros de mi propia mente ni autodestruirme para intentar no ser afectado por la basura que este mundo me ofrecía. El cambio empezó en mi propio corazón y, si tú le pides a Dios que te cambie, el cambio empezará en tú propio corazón. Me sentí verdaderamente amado, comprendido y aceptado, a pesar del pecado y la miseria con la que vivía. El me ayudó cambiar y a superar mi situación y miseria. Es como si me estuviera diciendo: “Tranquilo Daniel. Yo sé perfectamente lo dura, complicada y difícil que es la experiencia humana. No lo olvides, yo estuve ahí. Lo que has vivido hasta ahora es serio y difícil. Pero créeme, te entiendo y no dejo de amarte. Ahora, si quieres, vamos a trabajar para superar esta situación. Puede llevar tiempo, puede ser doloroso, pero juntos lo vamos a hacer”. Y el cambio se produjo. Jesús me ayudó a entender que el pecado no fue una simple manzana, sino un acto de rebelión contra Dios; la criatura contra su creador. Y que la consecuencia de ese acto de rebelión fue una fractura. Como consecuencia de ese pecado, de esa rebelión, somos seres rotos, fracturados y dañados.

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Daniel Oval.

Uno de los escritores de la Biblia, un seguidor de Jesús llamado Juan, en una de las cartas que escribió dijo: “El hijo de Dios vino para destruir la obra del diablo” La gran obra del diablo ha sido inducir al ser humano a rebelarse contra Dios y sufrir las consecuencias. Si el pecado ha traído al ser humano fractura, la salvación que Dios te ofrece trae restauración. La salvación es, pues, el proceso por medio del cual Dios te restaura y le da verdadero sentido a tu vida. Piénsalo…